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Argentina y el crecimiento que se ralentiza

La economía argentina a medio motor

Por Diego Dequino

27/3/2026

Argentina atraviesa, una vez más, un momento en el que la discusión pública está dominada por variables financieras: el dólar, el riesgo país, las tensiones cambiarias o los movimientos preelectorales. Sin embargo, esa conversación, necesaria pero insuficiente, suele dejar fuera del foco a la economía real.

Al observar con cierto detenimiento algunos indicadores básicos, el diagnóstico se vuelve relativamente nítido. Los salarios, por ejemplo, dejaron de recuperarse hacia marzo del año pasado, luego de un rebote inicial posterior al shock inflacionario de fines de 2023. Desde entonces, primero se estancaron y luego comenzaron a deslizarse nuevamente a la baja. Hoy, en términos reales, los ingresos de los trabajadores formales están -2% o -3% por debajo de los niveles de hace un año, y considerablemente por debajo de los de 2017 o 2018 (-20%). En el sector público, la caída es aún más pronunciada (-30%).

El salario recordemos no es solamente una variable distributiva, también explica en parte a la demanda agregada (consumo, ahorro e inversión). Cuando el ingreso pierde poder adquisitivo, el consumo se retrae, la actividad se enfría y la recaudación fiscal empieza a resentirse. A su vez, al caer el ahorro se restringe la inversión.

En el caso del segmento informal que incluye trabajadores sin registro y cuentapropistas, tuvo una recuperación más rápida durante 2024 y parte de 2025, en gran medida porque venía de niveles extremadamente deprimidos de poder adquisitivo.

Sin embargo, también allí se observa un punto de inflexión hacia mediados del año pasado cuando los ingresos alcanzaron un techo. Desde entonces es probable que haya comenzado un leve deterioro, aunque es prematuro afirmarlo porque las estadísticas en este caso tienen un rezago adicional de 6 meses. Este dato cobra relevancia adicional al tratarse del sector de la población que según los analistas es quien ha sostenido gran parte del apoyo político al actual esquema económico.

En estos términos, el modelo no apuesta al mercado interno como motor de crecimiento. Por el contrario, se apoya en exportaciones y eventual atracción de inversiones externas. Este enfoque tiene fundamentos teóricos y también ventajas estructurales en un país como Argentina, que cuenta con sectores altamente competitivos, como el agro, la energía o la minería, capaces de generar divisas. 

Los derrames sobre el resto de la economía es algo diferente. El inconveniente no es tanto el enfoque en sí, sino la ausencia de un mecanismo de transmisión hacia el conjunto del sistema económico.

Sin una dinámica que articule esas rentas con el mercado interno, el crecimiento queda encapsulado en sectores específicos y no logra convertirse en un proceso expansivo generalizado. La excepción es el agro ya que posee mecanismos institucionales, culturales, geográficos y económicos para transmitir el bienestar en su comunidades. Estos son mecanismos desarrollados y consolidados a lo largo de 150 años de historia de nuestro país.

En este cuadro de situación debemos agregar que el atraso relativo del tipo de cambio, respecto del resto de los precios de la economía, no solo impacta sobre la competitividad externa, sino que también afecta directamente la estructura de incentivos del ahorro en la Argentina. El dólar, más allá de cualquier consideración ideológica, sigue siendo el principal activo de resguardo de valor para la mayoría de la población. Cuando se interviene sobre su precio de manera sostenida, lo que en los hechos se produce es una licuación del valor de esos activos.

Este punto es central para entender por qué no se logra activar la inversión ni el consumo. Si los ahorros pierden valor en términos relativos, los agentes económicos tienden a retraerse, a preservar liquidez o a postergar decisiones. En definitiva estamos ante un problema de expectativas y de confianza en la consistencia del esquema.

La historia económica argentina ofrece algunas claves útiles para pensar este presente. Tanto en la etapa de la convertibilidad como en los primeros años posteriores a su salida, hubo elementos que permitieron sostener períodos de crecimiento relativamente prolongados.

En un caso, la recomposición de infraestructura y la participación del capital privado; en el otro, una combinación de tipo de cambio competitivo, superávit fiscal y acumulación de reservas que habilitó una fuerte expansión del mercado interno.

No se trata de replicar mecánicamente esos procesos, sino de identificar los factores que permitieron que la economía “encendiera”.

Pero en ambos casos hubo  un elemento común ligado a un circuito que conectaba las variables macroeconómicas con la vida cotidiana de la población, ya sea a través del empleo, el salario o el ahorro/inversión.

Hoy, ese circuito no aparece con claridad. La política económica parece moverse en un plano más abstracto, donde la consistencia teórica no siempre encuentra correlato en la realidad productiva y social.

Es lo que podría llamarse, sin exagerar, un modelo de “pizarrón”: una construcción conceptual que no logra traducirse en un funcionamiento orgánico del sistema económico.

En este marco, la pregunta central ya no es si la economía se está estabilizando, sino si existe un horizonte de crecimiento sostenido. Y la respuesta, al menos por ahora, es incierta.

Sin recomposición del ingreso, sin un mercado interno dinámico y sin un esquema de incentivos que movilice al ahorro hacia la inversión, resulta difícil imaginar que la economía argentina pueda encender una “llama” que permita sostener el crecimiento.


Las incógnitas del programa económico

 Las anclas de la inflación y la economía real: las incógnitas del programa económico

Por Diego Dequino

13/03/2026

(también en diario Perfil Córdoba)

El último dato de inflación nacional de 2,9% mensual resultó levemente más alto del esperado por el el mercado. Las estimaciones privadas preveían valores del 2,5% al 2,7%, y si bien el Gobierno no había anticipado públicamente un número preciso, todo indicaba que esperaba un registro algo más bajo. 

En ese contexto, el dato de febrero no constituye una buena noticia dentro de la expectativa que el propio programa económico está construyendo, especialmente cuando se considera el objetivo declarado de lograr una inflación mensual por debajo del 1% hacia agosto.

Durante marzo se incorporan nuevos factores adicionales que podrían presionar los precios, en particular las tensiones internacionales en Medio Oriente y el impacto sobre el mercado energético global. 

Al margen de los factores externos, conviene también analizar qué está ocurriendo dentro de la economía argentina. 

El Gobierno ha utilizado varias herramientas para contener la inflación. La primera, y más consistente, es el ordenamiento monetario. El saneamiento paulatino del balance del Banco Central, la reducción en la emisión monetaria y la convergencia con el superávit fiscal primario. Este aspecto constituye, sin dudas, uno de los pilares más sólidos del programa.

Pero junto al ancla monetaria se han utilizado otras tres herramientas cuya sostenibilidad tiene interrogantes.

El ancla cambiaria

Existe una percepción extendida en la sociedad de que el dólar se encuentra retrasado respecto de los precios de la economía. El Gobierno apuesta a que la oferta futura de divisas permita sostener ese esquema, particularmente a partir del sector energético, minero y agropecuario.

Sin embargo, la Argentina social y políticamente no posee la tradición institucional y política donde las rentas extraordinarias pueden redistribuirse socialmente, a lo largo de décadas sin fisuras en la discusión colectiva, como ocurre por ejemplo en las economías árabes. 

Los dólares extraordinarios que ingresen se distribuirán entre las empresas energéticas, el sector agropecuario y el propio Estado, pero no necesariamente entre el conjunto de la población.

Si bien el complejo agropecuario posee sus propios mecanismos sociales, culturales e institucionales históricos de solidarización de la renta agropecuaria entre las comunidades de cercanía de su producción y manufactura, no se visualiza aún algo similar con el complejo energético.

Especialmente si consideramos que el régimen de inversiones que ampara gran parte de ellas (RIGI), permite liquidar las rentas en dólares en el exterior junto con la reducción significativa permanente del impuesto a las ganancias.

El ancla salarial

El techo del 1% mensual a las paritarias contribuyó al retraso del poder adquisitivo. Los salarios luego de una recuperación rápida del castigo extremo por los índices altísimos de inflación del primer semestre de 2024, comenzaron a rezagarse en términos reales.

Este es un fenómeno palpable en la realidad de cada familia argentina e impacta en las estadísticas de consumo. La presión social por la recomposición salarial persistirá, en tanto la tradición política argentina con rasgos populares y clase-media se sostenga. 

Ello introduce una tensión adicional al programa antiinflacionario.

El ancla financiera interna

El Gobierno ha decidido limitar el pago de intereses de la deuda de corto y muy corto plazo, cuyos vencimientos son dentro del año. El motivo es limitar la expansión monetaria asociada al financiamiento interno. Pero la consecuencia es secar la plaza local en pesos, quitando opciones de gasto o inversión a los inversores locales. 

En la primera etapa del programa, esta estrategia contribuyó a estabilizar variables. Pero en una segunda fase comienza a tener efectos contractivos, al quitar liquidez del sistema pero sin otorgar opciones reales de inversión o gasto.

Cada vez que el Tesoro renueva quincenalmente montos importantes de deuda en pesos del orden de los diez billones de pesos, los interés no se monetizan y se vuelve a acumular como nueva deuda. 

Ello sirve para mantener a raya el déficit financiero del Tesoro, pero también una plaza financiera más seca y una economía con menos palanca para operar.

La economía real

Emerge como discusión si la reducción de la inflación se está logrando a costa de una recesión económica. 

Es decir, si la Argentina se encuentra en un trampa de estanflación: estancamiento económico con inflación alta persistente. 

El riesgo ya no es solamente una recesión económica general, sino que pueden agregarse depresiones sectoriales que produzcan una marcada asimetría dentro del colectivo económico.

Un ejemplo claro es el sector textil y de calzado. En el índice de inflación de febrero esos rubros registraron variación cero. En algunas regiones incluso hubo deflación. No obstante, el sector está operando con niveles de utilización de capacidad instalada del 30%, produce un tercio de lo que podría producir. Empresas que cierran, trabajadores despedidos y una demanda que comienza a ser abastecida crecientemente por importaciones.

En ese contexto, hablar solamente de recesión resulta insuficiente. Cuando un sector reduce su escala de producción de manera estructural, el riesgo es convertirse en un nicho marginal de la economía o directamente desaparecer.

El Gobierno sostiene que este proceso forma parte de un reordenamiento estructural y que algunos sectores dejarán de ser viables. Puede ser una hipótesis posible. Pero la experiencia histórica invita a cierta prudencia.

En la década de los noventa se tomó una decisión similar con el sistema ferroviario —el famoso “ramal que para, ramal que cierra”— y décadas después buena parte de la sociedad reconoce que aquella política fue un error porque la Argentina se quedó sin sistema ferroviario y sin chances visibles de volver a tenerlo.

La economía no se reconstruye automáticamente después de destruir sectores productivos. La teoría puede sugerir que nuevos sectores surgirán para reemplazarlos, pero la historia muestra que esos procesos suelen ser mucho más complejos y costosos socialmente.

El debate actual no debería limitarse a la inflación. También hay que preguntarse qué tipo de estructura productiva quedará después del proceso de estabilización. Y en esa discusión, la economía real, las empresas, los trabajadores y los sectores productivos, no pueden ni deben quedar fuera del análisis.

INFLACIÓN Y ECONOMÍA REAL

Inflación
y liquidación de stocks, una mirada

Por Diego Dequino

Las expectativas del mercado indican que la
inflación de febrero debería ubicarse en torno al 2,5%, con pequeñas
variaciones posibles por encima o por debajo de ese nivel. Si el dato resultara
algo menor, sería sin duda una buena noticia para el gobierno. Sin embargo,
estos valores de registros de inflación no reflejan aún algunos cambios
recientes del contexto internacional con la suba en el precio del petróleo,
cuyos efectos recién podrían empezar a verse en los próximos meses.

Más allá de esa discusión coyuntural, creo que
hay un aspecto que comienza a tomar relevancia, pero que suele quedar fuera del
análisis inmediato: la dinámica de la economía real. Si la actividad interna no
logra recuperarse, es bastante probable que veamos en algún momento un proceso
de liquidación de stocks.

¿Qué significa esto en términos económicos?
Básicamente que muchas empresas empiezan a vender mercadería por debajo de su
costo o con márgenes extremadamente bajos con el objetivo de liberar
inventarios, sostener flujo de caja o evitar costos financieros de mantener ese
stock. Ese fenómeno puede generar una desaceleración muy marcada de la
inflación, e incluso episodios de inflación cercana a cero o transitoriamente
negativa.

Los indicios de este proceso suelen aparecer
primero en bienes durables, promociones agresivas o liquidaciones comerciales.
También cuando los comercios cierran o el stock existente se liquida y luego no
se repone. En este caso la baja de 
precios se asocia a quebrantos económicos en cabeza del productor o el
intermediario. Es lo contrario a lo que ocurre en procesos de alta inflación,
donde los stocks se acumulan para venderse a precios con mucho margen por
encima del costo, cargando el quebranto al bolsillo del comprador.

Por eso, cuando analizamos la trayectoria
futura de la inflación, la pregunta relevante ya no es solamente si el índice
bajará, sino sobre qué base se produce esa baja. Una desaceleración
inflacionaria puede ser una buena noticia si responde a una mejora estructural
de la economía. Pero también puede reflejar un escenario de debilidad de la
demanda y deterioro de la actividad, donde los precios bajan porque el sistema
económico entra en una fase de liquidación.

 

Los mercados y la calle

Argentina entre la calma de los mercados y la tensión de la calle

Diego Dequino

18/11/2025

También en Negocios de “La Voz del Interior”

Luego de las elecciones del 26 de octubre último, la Argentina ingresó en una etapa de serenidad macroeconómica. Los mercados financieros reaccionaron con entusiasmo. Las acciones argentinas subieron con fuerza, los bonos recuperaron su valor y el riesgo país descendió. El dólar se mantuvo estable, rompiendo con la dinámica de volatilidad al alza que había dominado los meses previos. Sin embargo, esta calma convive con una economía diaria y doméstica que continúa tensionada, sin señales de reactivación.

Dólar, “carry trade”, bonos y acciones

El comportamiento del dólar expresa dos miradas complementarias. Técnicamente la divisa relajó su presión y se ubica cerca del techo de la banda de flotación, algo que el gobierno parece tolerar. Pero desde la mirada del mercado, lo ocurrido tras los comicios fue un desarme de posiciones defensivas, donde muchos agentes vendieron dólares para volver a colocarse en instrumentos en pesos con rendimiento positivo frente a la inflación. Se reabrió así una ventana de carry trade, donde el dólar calmo y tasas reales positivas invitan a obtener ganancias de ocasión en dólares.

Este cóctel no es nuevo, estabilización temporaria con expectativas moderadas de inflación, dólar controlado y apetito financiero. El equilibrio, entonces, depende de mantener la confianza, por lo cual el desafío para el gobierno será prolongar esta sensación de orden.

También, el rally de las acciones argentinas y la recuperación de los bonos soberanos pueden leerse de dos maneras. Una interpretación optimista donde predomina la idea que el mundo está apostando otra vez por la Argentina.

Una interpretación más prudente, pone foco en precios que simplemente recuperaron lo perdido entre julio y octubre. Los activos locales habían caído respecto del inicio del año en el orden del 35% en dólares, hasta antes de las elecciones. Su posterior repunte, entonces, puede interpretarse tanto como un voto de confianza hacia el futuro como una corrección técnica tras un exceso de castigo.

En el caso de los bonos soberanos en dólares, la mejora ha sido incluso más firme. En enero próximo se pagan intereses y en algunos casos capital, lo que convierte a estos títulos en una oportunidad muy atractiva de corto plazo para los inversores. 

No obstante, el país tiene un calendario de vencimientos exigente, ya que solo en 2026 deberá afrontar casi seis mil millones de dólares en amortizaciones de capital más tres mil millones de intereses. Al margen de otros pagos en dólares a organismos multilaterales y en pesos por deuda doméstica.

Mercados optimistas, economía real rezagada

La disociación entre la euforia financiera y la realidad de la calle es palpable. Los indicadores macro pueden mostrar estabilidad, pero la microeconomía en los hogares y las  empresas sigue enfrentando una situación compleja. Con estos precios relativos de tarifas, salarios y tipo de cambio, y con una estructura impositiva que continúa castigando diferencialmente a sectores productivos como el agro, está en los detalles imaginar una reactivación genuina que llegue a todos los rincones del país.

Hoy existen algunos segmentos que muestran dinamismo como la minería, el petróleo, el sector financiero, ciertos nichos específicos de la construcción y en menor medida actividades vinculadas al agro. Sin embargo, ello no refleja la tendencia general. Para que la recuperación se extienda e irradie una mejora en mejore el clima social, el gobierno deberá aprovechar la estabilidad actual y actuar pronto.

El desafío de volver a los mercados

Si el riesgo país perfora los 600 puntos, -estamos muy cerca- la Argentina recupera la posibilidad de volver a los mercados voluntarios de crédito. No se trata de un cambio automático, pero sí de una señal poderosa.

El país sería elegible para refinanciar parte de sus vencimientos a un riesgo efectivo al momento de la emisión del orden de los 400 puntos. Los 200 puntos de diferencia se barren en la mesa de estructuración de la emisión. Ello representa tasas en dólares del 8% anual, valor máximo tolerable para extender plazos y aliviar la presión que ejerce el Estado sobre la economía del país.

Si esta ventana de crédito se utiliza de manera prudente y solo se refinancian los seis mil millones de dólares del vencimiento de capital de los bonos, entonces se podría liberar un punto del Producto Bruto.

Esos recursos que podrían devolverse a la sociedad a través de menor presión tributaria o mayor gasto en infraestructura o en partidas corrientes direccionadas, serán la diferencia para un cambio de juego.

Se trata de transformar la paz financiera del país en hitos de bienestar que lleguen a cada argentino. 

Pero, si esa transferencia no ocurre, la estabilidad de los mercados no se traducirá en una mejora sostenida de las expectativas sociales, y el entusiasmo colectivo se diluirá en algunos meses.

Algo más, la dolarización ¿mito o posibilidad real?

En las últimas semanas volvió a circular el rumor de que Estados Unidos podría promover un proceso de dolarización regional, empezando por la Argentina. ¿Es viable? En mi opinión, sí. Porque las condiciones coyunturales y políticas podrían hacerlo posible, aunque bajo una forma diferente en cómo lo hicieron Ecuador o El Salvador.

Aquellas dolarizaciones fueron unilaterales, con países que abandonaron su moneda sin acuerdo con quien emite el dólar. En cambio, un proceso de integración monetaria eficaz y prometedor requeriría un entendimiento institucional con la Reserva Federal, quizá similar a los tratados que permitieron el ingreso de países al euro.

En ese contexto, la relación personal y política entre el presidente argentino y el presidente de Estados Unidos se vuelve la llave. Las cuestiones técnicas pueden venir después. Lo fundamental es la decisión política.

Si esta vía avanzara, Argentina podría ingresar a una zona del dólar bajo reglas pactadas, con compromisos fiscales, comerciales, de inversión y de migraciones de personas que consoliden una integración estructural. 

No estamos aún en ese punto, pero el anuncio del acuerdo estratégico económico con Estados Unidos puede ser un paso en esa dirección.

La economía de la Argentina en el final de 2025

 

FIN DE AÑO, UNA MONEDA EN
EL AIRE

Diego
Dequino
06/11/2025

(también en Comercio y Justicia)

 

Argentina enfrenta este
fin de año 2025 con dos caras bien definidas en materia económica.

Por un lado, los
resultados de las elecciones de octubre pasado devolvieron un clima de
optimismo a los mercados financieros y, desde allí, a determinados sectores de
la economía real, creando una expectativa favorable respecto de la posibilidad
de que el país logre finalmente llevar a cabo un conjunto de reformas
consideradas necesarias.

Por otro lado, desde
marzo o abril de este año el país transita un proceso de enfriamiento
económico, con caídas definidas en sectores como el comercio, la construcción y
varias ramas de la industria.

En esas dos caras de una
misma moneda puede definirse el futuro próximo de la Argentina.

En la medida en que no se
resuelvan ciertos temas institucionales, no se implementen mejoras eficaces en
los aspectos regulatorios de los mercados y no logren alinearse y estabilizarse
precios centrales de la economía —como el dólar, las retenciones, las tarifas
de servicios públicos y los salarios—, la economía argentina continuará siendo
una moneda en el aire.

El resultado electoral de
octubre le otorgó al gobierno un placet de confianza por parte de la ciudadanía
que durará, como mínimo, entre cuatro y seis meses. Eso significa que durante
esa ventana de tiempo el gobierno podrá ejecutar un conjunto de medidas
destinadas a retroalimentar el clima positivo que se instaló en los mercados.
Pero también podría ocurrir que fracase en esos intentos o, directamente, no
los lleve a cabo, reinstalando entre los ciudadanos una percepción de pobres
resultados económicos, similar a la que predominó en la segunda parte de este
2025.

Entre el optimismo y la
desazón se jugará el partido de la economía argentina en el próximo año 2026.

Volver a los mercados: oportunidad y riesgo

 

Las oportunidades son
claras en la medida en que este clima financiero positivo —sumado al apoyo del
gobierno de Estados Unidos— permita que nuestro país logre una rápida vuelta a
los mercados voluntarios de crédito, de los cuales está ausente desde 2019.

Esto facilitaría que el
extraordinario esfuerzo que realizan ciudadanos, empresas, trabajadores y el
propio Estado para reunir los dólares necesarios con qué afrontar los servicios
de capital de la deuda externa e interna, pueda aliviarse mediante lo que se
conoce como rollover o corrimiento de vencimientos de capital.

Este podría ser el punto
de palanca para el cambio de expectativas generales y de la calle. Solo en
2026, Argentina enfrenta vencimientos de capital por más de 6.000 millones de
dólares: más de un punto del Producto Bruto Interno o riqueza nacional, un monto
muy significativo.

Si el Gobierno Nacional
decide devolverle a la sociedad ese valor, porque logra refinanciar los pagos
de capital en los mercados con el crédito del país, podrá entonces, con bajas
de impuestos, mejor gasto público o incremento de la obra pública, recrear un
clima de expectativas positivas.

La clave: bajar impuestos al agro, las
pymes y los autónomos

 

La alternativa más rápida
será, sin duda, una baja de impuestos. Fundamentalmente, eliminando parte o la
totalidad de las retenciones, y reduciendo la presión fiscal distorsiva y
extraordinaria sobre las pymes y los autónomos.

Ellos son los grandes
generadores de empleo y quienes mejor traducen, en la vida cotidiana, el clima
económico positivo.

¿Por qué remarcar que la
baja de impuestos es el camino más rápido?
Porque puede decidirse casi de inmediato luego del retorno a los mercados, sin
riesgo inmediato para el Tesoro.

Mientras que aplicar una
mejora en la caja del Estado para aumentar el gasto público requiere tiempo,
gestión y ejecución —además de ir en contra de la filosofía del actual
gobierno—, bajar impuestos produce un efecto inmediato hacia adelante.

Al modificarse las
expectativas de los agentes económicos, al saberse que pagarán menos impuestos
en el futuro, se generan incentivos directos para movilizar parte del
patrimonio que antes permanecía inmovilizado.

Este efecto puede
multiplicarse si consideramos el amplio, profundo y entrelazado sector
agroindustrial argentino ante una baja —parcial o total— de las retenciones.

También si se implementa
una reducción eficaz del impuesto a las ganancias para las pymes, a través de
permitirles reinvertir en sus propias actividades.

Y, por supuesto,
eliminando el IVA para los autónomos, ya que parte de una concepción absurda
sobre cómo se crea valor en la actividad profesional: se trata de un
autoempleo, no de una cadena de valor.

De esta forma, se rompe
también con la idea paternalista de que el “Estado bueno” o el “gobierno
eficiente” deben recaudar para luego distribuir como gasto u obra pública. Algo
que, en la práctica, casi nunca ocurre.

Más allá de bajar la inflación

 

Este fin de año 2025 se
asemeja, en cierta medida, al cierre de 2023, cuando el Gobierno Nacional
recibió un fuerte voto de confianza que se transmitió rápidamente a los
mercados.

Sin embargo, en términos
coyunturales, este cierre de 2025 es mejor que el de 2023, ya que la parte más
dura y penosa del ajuste se ejecutó a lo largo de 2024 y parte de este año.

La sociedad ya pagó ese
costo. Por eso, necesita —y desea— comenzar a percibir otros beneficios, más
allá de la baja de la inflación.

 

Argentina ante una nueva oportunidad

El regreso a los mercados voluntarios

Por Diego Dequino

28 octubre 2025

(también en La Voz del Interior)

Las elecciones recientes dejaron algo más que un cambio político: produjeron un marcado ajuste de expectativas en los mercados financieros. La fuerte caída del riesgo país, la más significativa registrada en una sola jornada, reflejó una recuperación inmediata de la confianza, tanto interna como externa.

Tras años de volatilidad y señales contradictorias, la reacción fue una de las más positivas que se recuerde.

Este fenómeno,si bien tiene un componente de euforia, pero respondió a fundamentos objetivos ya que los mercados habían incorporado en los precios un escenario más incierto.

Al confirmarse un resultado electoral favorable a la estabilidad política y con respaldo explícito de los Estados Unidos, los operadores reaccionaron con rapidez. 

Los bonos soberanos argentinos se encontraban en valores extremadamente bajos, y la certeza de próximos pagos en enero 2026 generó un incentivo evidente para quienes evalúan oportunidades de inversión de corto y mediano plazo.

El sistema financiero reconoció que las condiciones macroeconómicas ofrecían hasta el último viernes, márgenes de rentabilidad inusuales en la medida en que se logré brindar certezas de que la Argentina honrará sus compromisos financieros inmediatos.


El riesgo no es económico, es político

El verdadero desafío de la Argentina no reside hoy en su macroeconomía, sino en la consistencia de las decisiones políticas que la acompañen. Los mercados descuentan que el actual equilibrio fiscal y monetario puede sostenerse siempre que el gobierno evite recaer en políticas expansivas financiadas con emisión o en incrementos del gasto público sin respaldo o aumento exacerbado de la presión fiscal.

Si el programa económico logra conservar ese sendero, el país estaría en condiciones de reducir de forma rápida su riesgo país hasta la franja de los 600 puntos básicos, umbral a partir del cual puede considerarse técnicamente apto para regresar a los mercados voluntarios de crédito. La diferencia restante hasta los 400 puntos, nivel compatible con una colocación soberana normal, podría corregirse en la propia instancia de emisión, al demostrar estabilidad institucional y previsibilidad.

En ese escenario, la Argentina recuperaría la posibilidad de financiar los vencimientos de capital mediante nuevas colocaciones y afrontar los intereses con recursos genuinos, un mecanismo habitual en cualquier economía moderna e integrada al mundo.

Regresar al financiamiento normal

Volver a los mercados internacionales no implica endeudarse de manera irresponsable. Significa, sencillamente, normalizar el vínculo financiero del país con el mundo. Desde la reestructuración de la deuda del año 2020, la Argentina ha permanecido al margen del financiamiento voluntario y dependiente de mecanismos extraordinarios: acuerdos con el Fondo Monetario Internacional, swaps y asistencia interna del Banco Central, ensuciando la hoja de balance y debilitando el activo en este último caso.

Esa dependencia ha generado tensiones crecientes sobre la emisión monetaria, sobre la recaudación y sobre la propia estructura fiscal. El Tesoro enfrenta en 2026 vencimientos por cerca de 9.000 millones de dólares, de los cuales la mitad corresponden a capital. Aun con superávit primario, la magnitud de esos compromisos resulta incompatible con una estrategia de pago exclusivamente con “dinero propio” que detraiga las reservas del Banco Central.

Por ello, recuperar el acceso a los mercados debe entenderse como una herramienta de estabilidad y no como un atajo. Países como Grecia, tras su crisis de 2008, lograron reinsertarse en los mercados voluntarios mediante disciplina fiscal y previsibilidad institucional. Argentina podría seguir un camino similar, recurriendo a emisiones moderadas —de entre 5.000 y 6.000 millones de dólares— que alivien la caja del Tesoro, reduzcan la presión sobre las reservas y permitan al gobierno reasignar recursos hacia inversión productiva y/o mediante reducción de impuestos. Pero en todos los casos devolviendo a la sociedad al menos esos montos, que equivalente a más de 1% del PBI.

El efecto de la confianza

El restablecimiento de la confianza externa tendría efectos multiplicadores sobre la economía real. Un riesgo país más bajo permitiría al Estado financiarse a menores tasas, reducir la presión sobre el mercado financiero local y, en consecuencia, disminuir la necesidad de acumulación urgente de reservas. Además, al reactivarse los flujos de crédito y aumentar los depósitos del sector privado, el sistema financiero recuperaría profundidad y previsibilidad.

El punto crítico será mantener la prudencia. La experiencia de 2017 y 2018 demuestra que el exceso de optimismo puede conducir a sobreendeudamiento y por lo tanto aumentar los riesgos sistémicos. La oportunidad actual exige equilibrio, gradualismo y sentido estratégico.

Una ventana temporal acotada y la previsibilidad

Similar a lo ocurrido cuando el presidente Milei ganó las elecciones de octubre de 2023, el país dispondrá desde noviembre de un período de entre cuatro y seis meses en el que las expectativas positivas serán dominantes.

Si el gobierno utiliza esta ventana para reabrir los mercados, reducir la presión tributaria sobre las pymes y los autónomos, y eliminar gravámenes distorsivos como las retenciones al sector agropecuario, entonces el ciclo de entusiasmo podría prolongarse y transformarse en una recuperación económica sostenida.

De lo contrario, si se desaprovecha este margen de confianza, el escenario volverá a caracterizarse por la incertidumbre, la desaceleración y un probable deterioro progresivo en las expectativas.

La posibilidad de regresar a los mercados internacionales debe ser interpretada no sólo como una oportunidad económica, sino como un activo institucional y económico del país. Restablecer la confianza implica liberar recursos, aliviar la presión fiscal y, sobre todo, devolver previsibilidad a la sociedad y al sector productivo.

El desafío no radica en alcanzar resultados espectaculares, sino en sostener el rumbo. Con un marco macrofiscal consistente, una gestión prudente de la deuda y una política económica coherente, la Argentina puede iniciar una etapa de estabilidad inédita en los últimos años.

El apoyo extraordinario del gobierno del presidente Trump, nos ofrece, a su vez, una oportunidad única y diferente. El desafío será no desperdiciarla.

La economía en el tránsito hacia las elecciones oct2026

Guía para sobrevivir entre las elecciones y los mercados

Diego Dequino
17/10/2025


En semanas de tanta volatilidad política y económica, las preguntas que más escucho son las mismas: ¿qué va a pasar después de las elecciones? y ¿cómo va a reaccionar el mercado? Mi respuesta no se apoya en adivinanzas, sino en lo que los precios ya dicen. Porque el mercado habla antes que los analistas.

Hoy, los bonos y las acciones argentinas descuentan un escenario donde el oficialismo rondaría el 35 % de los votos. En ese nivel, los valores actuales ya incorporan ese resultado. Por lo tanto, si la elección termina en ese orden, no habrá grandes movimientos: seguiremos con la misma tensión que venimos viendo. El Gobierno tendrá que seguir “transpirando la camiseta”, demostrando todos los días cómo resuelve los problemas que él mismo genera o que la realidad le impone.

Si, en cambio, el oficialismo obtiene un resultado algo mejor – 37 % o 38 % –, el mercado podría reaccionar con alivio. No porque haya cambiado la economía real, sino porque una mejora en la expectativa política suele generar una reversión positiva en los activos: podríamos ver una recuperación de entre 10 y 12 % en los precios. Un pequeño respiro financiero.

Ahora bien, si el resultado es peor – por debajo del 35 % – y se instala la idea de un gobierno debilitado, la situación se complicará. Las posiciones especulativas se desarmarán y veremos una salida de activos argentinos. Los inversores se despedirán vendiendo bonos en torno a 50%-54% de paridad, para reingresar recién en 2026 o 2027, cuando busquen un nuevo piso de precio rumbo a la elección presidencial.

En definitiva, la estabilidad o el temblor dependerán del tamaño del resultado electoral. Si el oficialismo ronda el 35 %, seguiremos como hoy: sin mejoras visibles, pero sin derrumbes inmediatos. Si saca menos, el panorama se pondrá cuesta arriba.

El modelo que no llega a todos

Más allá del juego electoral, hay una pregunta estructural: ¿por qué, si el Gobierno mantiene el mismo plan y pide dinero recurrente cada 4 o 6 meses, deberíamos esperar un resultado distinto?

Con estos precios relativos, el modelo económico cierra para la mitad de la sociedad. El tipo de cambio, las tarifas, los salarios reales, las retenciones y los impuestos son los engranajes de esa maquinaria.

La otra mitad se queda afuera, castigada por la inflación, las retenciones, los ingresos que no acompañan y por la contracción del crédito. Los datos de la economía real lo muestran sin maquillaje.

Tarde o temprano, el Gobierno deberá corregir los precios relativos, y la velocidad de esa corrección dependerá del resultado electoral. Un mejor resultado le daría margen político para ajustar; uno peor, lo dejaría sin aire.

Mientras tanto, los mercados financieros se moverán con una lógica de buscar rentabilidad de corto plazo. Hay un hito clave, el 9 de enero 2026, cuando los bonos argentinos pagan cerca de USD4.500 millones en renta. Con precios tan bajos, quien compre hoy y cobre en enero puede hacer una buena diferencia.

Si el Gobierno muestra fortaleza y Estados Unidos mantiene su apoyo, muchos fondos aprovecharán esa ventana. No por convicción macroeconómica, sino por oportunidad.

La batalla contra los bancos y los nuevos aliados

En paralelo, apareció una noticia que generó ruido: J.P. Morgan y Citigroup estarían estructurando un fondo de USD 20.000 millones para la Argentina. No hay información oficial, pero todo indica que no se trata de un préstamo directo, sino de un esquema para recomprar deuda en el mercado secundario.

En términos simples: con 5 000 millones se pueden comprar 9 000 o 10 000 en bonos, porque los precios están deprimidos. Si eso sucede, los bonos subirían, bajaría el riesgo país y el Gobierno mostraría una victoria simbólica. Pero hay algo más profundo detrás de esa jugada.

El Gobierno mantiene una guerra abierta con los bancos locales. Al cerrar la ventanilla de liquidez – esa red de instrumentos que desde la convertibilidad permitía sostener balances – los dejó sin una de sus principales fuentes de rentabilidad. Hoy, las entidades enfrentan pérdidas importantes. Las dos entidades de capital nacional más grandes, perdieron unos USD2.500 millones en valor de activos en los últimos meses.

En ese contexto, la aparición del J.P. Morgan y el Citi funciona también como un mensaje disciplinador: “si los bancos locales no acompañan, vendrán otros jugadores globales que los reemplazarán”. 

Es una forma elegante de poner las condiciones sobre la mesa. El presidente del J.P. Morgan visita estos días Buenos Aires, algo que no ocurre todos los días. En la jerga diplomática, eso vale más que un comunicado.

El tercio y la gobernabilidad

El otro eje de incertidumbre pasa por el Congreso. Si el oficialismo no logra alcanzar el tercio propio de diputados, pierde su última defensa para sus vetos legislativos o ante un eventual juicio político. 

Si no alcanza ese tercio, lo más probable es que los operadores individuales de los mercados desarmarán todo o parte de sus posiciones. Quien invierte con dinero propio o ajeno preferirá salir, esperar la corrección a la baja de los activos y volver a entrar con mejores precios. O no reingresar si no hay garantías. En ese escenario, la única red de contención será la geopolítica, es decir el apoyo internacional, especialmente de Estados Unidos. Pero no habrá fundamento económico que sostenga las valuaciones si el resultado electoral es muy adverso.

En un país como la Argentina, entender o tratar de entender debajo de la superficie, no es un lujo técnico, sino que se trata de un acto de supervivencia.



FMI y la Argentina: nunca tan cerca, siempre tan lejos.

 La economía no puede reducirse a un ejercicio de obediencia social

Diego Dequino

08/10/2025

(también en Comercio y Justicia)

Por estas horas, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, se refirió al caso argentino con una frase tan breve como reveladora: “El éxito del programa de ajuste dependerá de lograr que la gente acompañe”.

Más allá de la aparente inocencia diplomática, la afirmación encierra una distorsión conceptual preocupante. No es que la gente debe “acompañar” un programa económico. Sino el programa es el que debe ser lo suficientemente correcto, coherente y eficaz como para merecer el apoyo ciudadano. 

Pretender invertir esa relación es desconocer la soberanía de las decisiones nacionales y reducir la economía a un ejercicio de obediencia social.

El Fondo, en su rol de acreedor multilateral, debería concentrarse en lo que le compete, como por ejemplo comprender mejor la naturaleza estructural de la economía argentina, particularmente su bimonetarismo crónico, y ajustar sus estimaciones macroeconómicas, que históricamente han demostrado un sesgo sistemático de error. 

Preocupan, entonces, aquellas declaraciones que agregan confusión política y ruido técnico a un contexto ya saturado de incertidumbre.

Confundir flujos con stocks

En paralelo, el gobierno argentino continúa atrapado en una estrategia financiera que intenta resolver problemas de flujo con recursos de stock. En términos simples: sigue consumiendo dólares, sin importar de dónde provengan, para sostener la cotidianidad.

Es una lógica demasiado parecida a quien usa ahorros propios, prestados y de terceros para pagar los gastos corrientes.


Desde el blanqueo de capitales del año pasado, pasando por la baja de retenciones, los “repos” del Banco Central, los nuevos desembolsos del FMI, los adelantos del BID y el Banco Mundial, y los bonos BODEN 2030 en pesos suscriptos en dólares, el resultado es el mismo: en menos de un año, el país consumió unos 33 mil millones de dólares, a un ritmo de 3 mil millones mensuales.

Una política que, aunque pueda parecer exitosa en el corto plazo, no resuelve la ecuación real ¿cómo generar un flujo sostenible de divisas sin recurrir a remiendos financieros sistemáticos?

En Washington el debate parecería girar en torno a una disyuntiva del tipo ¿ayudar a la Argentina para que su economía funcione, crezca y produzca los excedentes que necesita; o simplemente ayudar para permitir que la situación continúe?

Opacidad y desconfianza

A esta altura, ni siquiera los profesionales del sector podemos establecer con precisión cuánto interviene el Tesoro Nacional en el mercado de cambios. Desde que se desarmaron las LEFI, se desdibujó uno de los pocos activos que tenía el gobierno: la transparencia financiera.


Hoy el Banco Central comunica oficialmente, de manera diaria, que no interviene.

Pero con datos indirectos ya sean por filtraciones, cálculos cruzados, observación de cuentas del Tesoro, se deduce que existen ventas con pérdidas diarias que acumulan una cifra cercana a los 1.700 o 1.800 millones de dólares en las últimas dos semanas.


El problema, entonces, no es solo contable sino de confianza. Sin información clara, los analistas, los mercados y los organismos internacionales operan sobre conjeturas. Y con ello la incertidumbre entre los ciudadanos de a pie seguirá creciendo.

En ese punto, la Argentina se comenzó a parecer demasiado a la última etapa de Sergio Massa en el año 2023 como ministro de economía, cuando la manipulación de datos financieros intentaba sostener una ficción de proyecciones para mostrar estabilidad.

La política detrás del silencio

A 80 días de haber cerrado la ventanilla de liquidez del sistema bancario, el crédito se paralizó, las tasas se dispararon y la volatilidad del tipo de cambio volvió a marcar el pulso de la economía real.

En este contexto, el enfriamiento económico dejó de ser una hipótesis. A la caída de la demanda se le suma el deterioro de las expectativas, con lo cual cada vez se tornan más difícil las decisiones de inversión.

El gobierno deberá, tarde o temprano, asumir el costo político de sincerar la situación. Probablemente implique un cambio o ajuste en el modelo económico o incluso en el Gabinete. Pero seguir estirando la ambigüedad solo agrava la erosión de credibilidad.

A dos semanas de las elecciones, todo parece indicar que la prioridad es no mover ninguna pieza que altere el tablero político y el precio lo seguirá pagando la economía real: las empresas, los trabajadores, los consumidores y la confianza en el futuro.


Especulación versus crédito

Argentina entre la especulación y la necesidad de crédito

26/09/2025

Diego Dequino

Especial para Pago TIC


En estos días, el anuncio de un acuerdo de asistencia financiera entre Estados Unidos y la Argentina sacudió al mercado como pocas veces se ha visto. Bastó un tuit del secretario del Tesoro norteamericano para que se dispararan los bonos, bajara el riesgo país y se desinflaran, al menos por un rato, las tensiones cambiarias. Lo curioso es que todavía no está del todo claro qué se firmó, ni con qué letra chica. Pero el mercado reaccionó igual, casi con reflejo condicionado.

Más allá del entusiasmo inicial, conviene analizar qué hay detrás de este salvavidas. Se discuten tres mecanismos posibles. El primero, y a mi juicio el más relevante, es que Estados Unidos compre bonos soberanos argentinos en el mercado secundario. Si eso ocurre, y lo hace en volumen —digamos 8, 10 o 15 mil millones de dólares—, el riesgo país podría caer por debajo de los 600 puntos. Esa sola acción nos permitiría volver a los mercados voluntarios de crédito, renovar vencimientos de capital y pagar únicamente intereses. Lo óptimo es que esas tenencias vayan hasta el final del vencimiento de cada título. 

El segundo mecanismo es un swap de monedas. Algo similar a lo que ya tenemos con China, pero esta vez con dólares. Se trata de una línea de crédito recíproca, o una nota de crédito abierta ente USA y Argentina, dólares y pesos se intercambian en asientos contables. Los swaps son acuerdos de plazo definido, pero renovables. Nuestro intercambio comercial con USA es relativamente poco, a diferencia que con China, pero el gesto político es poderoso y le daría más libertad al Banco Central en la administración de reservas.

El primer y segundo mecanismo no implican técnicamente un aumento del endeudamiento externo del país.

La tercera posibilidad, más difusa, es una línea de crédito directa. Pero de los papeles que circulan no se desprende que eso vaya a ocurrir. En todo caso, sería nueva deuda, y esto conlleva el riesgo natural para un país que viene encadenando compromisos sin resolver, sumado a que muy probablemente profundizaría la grieta política en el Congreso.

Las bandas y los anabólicos

Muchos se preguntan: ¿y el dólar? En el corto plazo, hasta las elecciones de octubre, el gobierno intentará mantenerlo en una suerte de “corredor de bandas”. Después, quizás, se libere un poco más. Pero no nos engañemos: el mercado cambiario argentino está inflado con anabólicos.

¿Qué quiero decir con esto? Que buena parte de la oferta de dólares en el último año no provino de la economía real, sino de operaciones extraordinarias: blanqueos, préstamos puntuales del BID, del Banco Mundial, un crédito extraordinario del FMI, colocaciones de bonos pagaderos en pesos pero suscriptos en dólares, REPO -empeño de títulos por dólares- del Banco Central. Es decir, dólares prestados o adelantados que se inyectaron artificialmente. Mientras tanto, el gobierno no compró reservas cuando pudo haberlo hecho. Es probable que dejó pasar unos 8.000 millones que estaban al alcance de ser comprados en este 2025. Eso significa que, si mañana se retiran los anabólicos, veremos el verdadero tipo de cambio de equilibrio.

La tasa y la “tabla salvavidas” de la clase media

Otro tema central es la tasa de interés. El Banco Central en esta semana la bajó en su referencia al 25% anual, luego de haber tocado valores del superiores al 70% en semanas anteriores. A primera vista, parece razonable: una tasa más cercana a la inflación proyectada del 29% para este 2025, esto ayudaría a reactivar el crédito. Y el crédito es la tabla salvavidas de la clase media. Cuando los ingresos no alcanzan, la familia apela a la tarjeta, al crédito personal, al hipotecario o al prendario para sostener consumo o acceder a un bien duradero.

Lo mismo ocurre con las empresas: sin crédito, la reconversión productiva es una quimera. Compiten dañadas frente a rivales globales más eficientes y sin la posibilidad de financiar una transición. En la Argentina, el volumen de crédito es bajísimo. Milagrosamente, la economía argentina funciona con niveles de apalancamiento exiguos, irrisorios, que en otros países serían inviables.

El problema es que el gobierno, hace 60 días, desarmó las letras fiscales, que eran la ventanilla de liquidez del sistema. Eso dejó en el aire en pesos el equivalente a 12 – 14 mil millones de dólares y desató la tormenta. El crédito, que venía creciendo despacio, se cortó en seco. Una decisión que, desde lo profesional, cuesta entender.

La economía real: el elefante en la sala

Con tanto ruido financiero, corremos el riesgo de olvidarnos de lo esencial: la economía real. Y ahí las noticias no lucen buenas en la coyuntura. El indicador adelantado del PBI ya marca entre los dos primeros trimestres de 2025 caída en la tendencia ciclo, eso que implica que la serie está pegando la vuelta está preanunciando al menos dos trimestres de caída, veremos cuanto es la profundidad o si es tocar valle. Los autoservicios mayoristas llevan 24 meses consecutivos en baja, desde julio 2023, arrastrando a los almacenes de barrio. Los supermercados, que habían rebotado tras la paliza de 2024, volvieron a caer en los últimos tres meses entre mayo, junio y julio 2025. La industria, que había mostrado señales de recuperación, se enfría otra vez.

Estas señales están ligadas a Estado que se retiró abruptamente: frenó la obra pública, despidió a más de 50.000 empleados, recortó salarios públicos reales entre 15 a 18 puntos y licuó jubilaciones en al menos 7% comparado con valores muy bajos de 2023. El ajuste, en ese sentido, es innegable. Pero si a esa poda de la demanda agregada no se la compensa con crédito barato y accesible, la transición se convierte en un darwinismo económico: sobreviven pocos y el resto queda en el camino.

El dilema argentino

Estamos, entonces, frente a un dilema. Por un lado, un shock de confianza financiera —impulsado por el aval estadounidense— que puede calmar la fiebre especulativa. Por otro, una economía real que se enfría peligrosamente. Si la asistencia externa se limita a comprar tiempo sin reactivar el crédito interno, el riesgo es claro: un veranito financiero y un ¿largo? invierno productivo.

Argentina no necesita elegir entre oferta o demanda, entre mercado o Estado, como si fueran polos irreconciliables. Necesita equilibrio. El Estado debe retirarse de los excesos, de la presión fiscal excesiva, sí. Pero no puede hacerlo dejando sin oxígeno a la economía real. Y el crédito es la parte vital de ese oxígeno.

La previsión es que las próximas semanas serán especulativas. Habrá ganadores y perdedores en el mercado financiero. Pero lo que definirá nuestro futuro no es si el riesgo país baja 200 puntos más o menos, sino si logramos reconstituir la capacidad de financiar familias y empresas. Porque sin crédito no hay transición posible. Y lo único cierto al momento es que, guste o no, estamos en plena transición.

Economía post elecciones en Buenos Aires

 Un diagnóstico incómodo: errores
autoinfligidos

Diego Dequino, 9/9/2025

(También en Comercio y justicia.info)

No hubo un
tsunami global, ni crisis subprime, ni cierre de los mercados internacionales
como en otras ocasiones. Esta vez, el problema es de factura propia. Se trata
de errores autoinfligidos que terminaron dejando a la economía con pocas herramientas,
en un momento donde el gobierno debería haber guardado municiones.

El primer daño
autoinfligido fue no acumular dólares cuando el mercado ofrecía condiciones
para hacerlo. En tiempos de vacas gordas, cualquier familia ahorra para el
período de vacas flacas. Pero se eligió dejar pasar esa oportunidad, confiando
en que el tipo de cambio bajaría más, como si fuera razonable pensar en un
dólar a 1.000 pesos o menos. Luce hoy absurdo. El resultado es que cuando las
condiciones se endurecen, no hay suficiente colchón de reservas.

El segundo daño
autoinfligido fue desarmar de golpe las LEFI (ex LELIQ) desconectando el
crédito justo cuando más falta hacía. Los bancos argentinos no son la panacea,
pero venían prestando a buen ritmo en el último año, otorgando cierto oxígeno a
una clase media cada vez más estrangulada en ingresos. Cortar ese flujo fue
quitarles la tabla de flotación en medio del río. Se hizo con la excusa de que “exterminaría”
la inflación, pero el efecto al momento fue dejar a las familias sin
financiamiento, agravando la gestión del consumo en amplios sectores de la
población.

La economía
no se quiebra por la micro. Es cierto que la micro lastima el bolsillo diario,
la panadería que no llega a pagar la luz o la familia que no puede cubrir las
cuotas. Pero lo que dinamita económicamente a los países no es la
microeconomía, sino la macro. Se derrumban por pérdida de reservas, por un
default de deuda, por emisión descontrolada de dinero, por un atraso cambiario
insoportable o por el colapso productivo de algún sector crítico de la
economía. Esto es lo que se volvió a poner en juego.

Podríamos
realizar una analogía simple, imaginando un gobierno que se preparó para correr
un sprint en 2024 con el fin sortear la hiperinflación, y lo logró. Apagó
riesgos inmediatos con motosierra, frenó obra pública, contuvo déficits, ordenó
la política monetaria.

Imaginó que esa
carrera terminaba en aquel momento, y que luego venía otro sprint. Pero lo que
seguía en 2025 era el inicio de una maratón. En una maratón se necesita
resistencia, administración de fuerzas, planificación y capacidad de
adaptación. No se corre igual 100 metros que 42 kilómetros. Sin ese cambio de
mentalidad, el agotamiento está garantizado.

Luego, desde
el domingo último, se sumó el tema político. El gobierno enfrenta un dilema:
¿puede gestionar la economía sin sostén político amplio? La experiencia
argentina demuestra que no. Y aquí surge la paradoja: en un contexto externo
incluso favorable, sin shocks internacionales, con aliados de lujo (Trump y
FMI), logró complicarse solo.

El futuro
será tan complicado como sincero sea este diagnóstico. Porque negar lo evidente
no arregla los problemas: solo los agrava. Aceptar los problemas, tampoco los
resuelve, pero facilita administrar soluciones.

No obstante,
mientras se siga creyendo que con fórmulas de corto plazo se resuelven problemas
de largo aliento, seguiremos en un círculo vicioso desgastando a nuestra economía
y erosionando la confianza social.